La infancia de Raul

La infancia de Raúl.

Necesitó cuatro clases para entender que la antipatía que le había despertado el profesor de ética laboral se debía a lo mucho que se parecía a él.  Como él, venía de abajo, arañándole oportunidades a la vida, volviendo esperanzas lo incierto, colonizando miedos y complejos.  Como él, tuvo una infancia feliz en la fortuna del campo, en ese manto verde oloroso a guayabas y mangos, en esa sinfonía inigualable de avesuelas y grillos.  Había, como él, robado naranjas y mangos en fincas ajenas, y, aunque no se lo dijo, tal vez también habría cogido burra como él; habría bailado trompo, jugado bolita de uña, al Jimmy, a la lleva, habría volado barrilete, tomado espuma en el corral y habría comido cabeza e gato con suero.  Intuía, sin duda alguna, que veía la vida también como él, que había parrandeado como él y que su Dios era el mismo de él: noble y bueno.
La clase transcurría con pasmosa normalidad. El profesor había llegado muy temprano, atravesando con sus 1.84 la puerta del salón y saludado con discreto entusiasmo: – Para los que aún no me conocen soy de Montería, viví en el barrio Mocarí y tengo una finquita en el Sabanal; mis padres son campesinos y yo también soy campesino, pero me eduqué- dijo a los de la clase y retomó la palabra sin pausa, mientras revisaba de soslayo al grupo e intentaba leer sus vidas a través de sus gestos y posturas.  Continuó hablando con parsimonia y no supo, Raúl, hundido en su silla justo al frente de él, exactamente en qué momento dejó de escucharlo.  Lo miraba sin ver para que pensara que estaba allí, pero no, no era así, su mente se hundía poco a poco y sin remedio en los recuerdos de la infancia, y una tras otra fueron apareciendo las imágenes de su niñez.  El recuerdo de la campana anunciando el descanso en su primera escuela le llegó tan fresco como los panes de la cafetería, era Raúl apenas un mozuelo de escasos cinco años. Ese día había sonado más estridente que nunca: y ahí estaba su maestra de preescolar golpeando el trozo de metal oxidado, que alguna vez habría sido parte de la suspensión de un viejo camión, con tanta fuerza, que el zumbido retumbó en todos los rincones de la escuela; de un salón a otro rebotó y permaneció en el ambiente por media hora, hasta que volvieron a clase.  – vaya! manera de dañarnos el recreo- comentó Tedy,  mientras se apresuraba para alzarlo en brazos, peleándose con dos compañeras más que pretendían hacer lo mismo.  Era una morena de noveno grado, robusta, de enormes senos y olorosa a matarratón con menticol.  Lo paseó por todo el patio, mientras le balbuceaba palabras infantiles a media lengua y le pellizcaba la mejilla.  El primer día lo disfrutó, se sintió consentido y amado, y después de un tiempo la esquivaba, se le escondía detrás del pupitre de su maestra de preescolar cuando sonaba la campana, con poca fortuna casi siempre, pues terminaba encontrándolo y se repetía el ritual; aunque cierto día, pasaría algo más que cambiaría las cosas y lo marcaría de por vida.  En mitad del descanso, con él en los brazos, se dirigió a los baños de la escuela; entró, ajustó la puerta, mientras sus compañeras esperaban afuera.  Se levantó la falda, bajó su interior y sin soltarlo acomodó su naturaleza en el retrete.  Un chis espumoso y oloroso a níspero subió del inodoro hasta envolverlo todo.  Ese fugaz momento marcaría desde niño su gustó por las mujeres y explicaría las doscientas cincuenta y siete novias que tendría hasta antes de casarse.  Después de ese día no fue necesario que Tedy lo buscara, él lo hacía; ansioso esperaba el momento en que lo alzara en sus brazos, lo acomodara encima de sus senos grandes, entrara al baño y lo hiciera de nuevo para volver a escuchar el chis espumoso y oloroso a níspero, ese con el que siguió soñando todas las noches hasta que fue un adolescente.  No se volvió a repetir.  Aunque Tedy lo buscó muchas veces en los descansos, lo alzó en sus brazos y le compartió su merienda, no volvió a entrar al baño con él, y él, con sus escasos cinco años no fue capaz de pedirle que lo hiciera.
El compañero de al lado tocó con cierta brusquedad su hombro y le masticó una pregunta inteligible que lo hizo volver a la clase.  El profesor hablaba de los trabajos que asignaría y de las formas y fechas en que debían enviarlos. Lo volvió a mirar para confirmarle que estaba atento y que lo escuchaba, pero, aún ahora, treinta y un años después, Raul seguía pensando en el preescolar, en los descansos y en Tedy.  Ella terminó su secundaria y se fue a otro colegio.  No hubo quien volviera a alzarlo en brazos y terminó acostumbrándose a compartir los descansos con sus compañeritos como un niño normal.
La clase concluyó.  El profesor dio las últimas orientaciones antes de despedirse: - Recuerden las historias de vida -dijo, y volvió a atravesar la puerta con sus uno con ochenta y cuatro, y Raúl lamentó no tener más tiempo para seguir correteando su infancia como un pájaro, justo ahora cuando comenzaba a recordar el día que se enfrentó, con sus ocho años, a los monstruos que vivían debajo de su cama.  En fin, en otra ocasión será.


Domingo Espitia P.

Santa Cruz de Lorica, Diciembre de 2010.

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