El viejo roble

El viejo roble
A Andreita, con un lacito de amor.

Mi abuelo fue siempre fuerte como un roble, en su físico y en su carácter.  Altivo, recio y acorazado como su corteza, hasta que el tiempo menguó sus fuerzas y se le desplomó la vida como un árbol viejo y cansado, sin sustento en la tierra y condenado para siempre al olvido.
Fuerte fue mi abuelo como aquel viejo roble que era el centro de la casa, como lo cantó el poeta: “plantado allí en mitad del patio y  de mi infancia”.  Imponente, incansable, anunciando el verano que llegaba seco como estopa, dándole la bienvenida a la colorida primavera con sus aromas y amores; esperando resignado el otoño que lo desvestiría sin pudor o el invierno que lo empaparía de pies a cabeza hasta hacerlo titiritar de frío.
Allí estaba el viejo roble increpando al tiempo y al espacio, regalándonos su inmensa sombra como una mamá tierna, donde jugábamos al trompo y a las escondidas… “un, dos, tres, Andreita que está detrás del roble”.
Recuerdo levantar la mirada y observar sus insuperables treinta metros.  Parecía acariciar las nubes, jugar con ellas, hacerse su amigo, y en las noches mecer en sus ramas las estrellas hasta dormirles.  Allí estaba imponente y yo con mi metro veinte con un deseo inmenso de treparlo, de conquistar su altura y colgar en su copa mi bandera.  Mi abuela jamás permitiría siquiera que alcanzara sus primeras ramas.


El tiempo pasó, inevitable, y mis abuelos ya no están.  La casa se hizo más vieja.  La vejez de las casas es peor que la de las personas. Y el roble aún sigue ahí, en mitad del patio, cansado, triste y solitario; sin niños que arrullar, sin nadie que se esconda detrás de él.  Tal vez nos extraña tanto como nosotros a él.
Con el tiempo entendí que no fueron mis abuelos el eje de esa casa, fue el viejo roble callado y taciturno, pero amoroso y servidor, plantado en mitad del patio.

Domingo Espitia P.
Comentarios a: dynfever@gmail.com

Santa Cruz de Lorica, nov. 2.014

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